miércoles, 7 de marzo de 2012

La poesía de Aurelio González Ovies en San Miguel de Allende

La Biblioteca Pública Municipal de San Miguel de Allende y María García Esperón presentarán la poesía de Aurelio González Ovies hoy 7 de marzo a las 5 PM, dentro del programa "Miércoles de poesía: El goce por leer", bajo la coordinación de Jesús Rodríguez,  La entrada es libre.


Mientras llegaba este día tan especial cuatro jóvenes estudiantes ( María Francisca, Laura Elizabeth, Juana Karina y Nancy) que realizan el servicio social en la biblioteca, han ido colgando más de 50 carteles en los alrededores y transmitiendo además de viva voz el sentido de este evento.




También el periódico La Atención de San Miguel de Allende recogía un artículo haciéndose eco de la poesía del asturiano e invitando a los sanmiguelenses a esta reunión poética .


Jesús Rodríguez y María García Esperón fueron invitados ayer por el canal TV4 San Miguel para convocar al público a asistir a esta reunión en torno a la poesía del poeta asturiano. Se leyó en directo el poema "Anuncio por palabras" 
Jesús Rodríguez y María García Esperón en TV4 San Miguel

Así mismo la convocatoria se escucho a través de las ondas hoy mismo desde la cabina de XESQ Radio San Miguel de Allende. Parece que se ha despertado un gran entusiasmo a través del departamento de comunicación social de la Dirección de Educación y Cultura de San Miguel para hacer de la tarde del 7 de marzo una celebración de la palabra.


sábado, 3 de marzo de 2012

Invierno en primavera

Sombríos días. Eran como el otoño a inicios del verano, como un invierno injusto en vez de primavera. Como un oscurecer a plena luz. El verde se apagaba durante muchas horas y la humedad entraba por patios y jardines, inundando las capas de la naturaleza. Era como otro día distinto a media tarde, como otra tarde extraña de terrible pereza entre las flores jóvenes, las brotes casi a punto y el silbo de los pájaros. Nosotros los sabíamos siempre muy de antemano, observando la mar y el color de unas nubes verticales y densas. Invierno en primavera, preludio de un verano entero entre la bruma.

Cuando venía la trona y nada era posible más que dormir la siesta, las casas silenciaban después de la comida y allegaban ventanas y cerraban las puertas y entonces me cegaba una angustia gigante, me entraba aquella fiebre que a veces me invadía al pensar en la escuela. Era como una estancia en el hastío, como un lento transcurso en una sala enferma. Orvallaba y estallaban los truenos furibundos y se oía el chasquido de los charcos cruzados por los carros que regresaban, chorreantes, cargados de vallico y blanda hierba. Y se pudrían los frutos que prometían los árboles y se caían los pétalos de las rosas más nuevas.

Durante nueve días, cada tarde más tarde, se repetían relámpagos, chubascos y condena. La negrura asomaba su lentitud altiva y avanzaba tapando la inmensidad del cielo. Era como una sombra poderosa en mitad de una época hermosa de la vida. Los arbustos quedaban parrados por el agua y con el agua olía el calor de la tierra, como a humo muy viejo, como a alas de niebla. Y enmudecían los grillos primeros que ensayaban y se llenaba el mundo de tardos caracoles y salían los sapos a morir aplastados a lo largo y lo ancho de cualquier carretera.

Durante nueve tardes los rayos temerosos y el ruego a santa Bárbara, al pie de la cocina, con hojas de laurel quemadas en la chapa y la voz temblorosa de las tías abuelas: ora pro nobis…, que en el cielo estás escrita…, con papel y agua bendita..., amén. Era como un continuo ocaso, como un miedo constante, como una amenaza de cara a la niñez. Como una metáfora que barruntara ya: esto es nada, verás lo que te aguarda, aguarda lo que espera.

Escampaba después de mucho rato, a la hora de la cena. Los plomos se fundían casi siempre y mi padre cambiaba unos hilos de cobre chamuscados, lamentando que apenas veía ya de cerca. Era como un invierno muy ingrato a la entrada impaciente de nuestra adolescencia. Como una sensación de estar acorralados, hundidos en una noche extraña, en un exilio largo, en una luctuosa temporada a principios de aquellas primaveras.

(La Voz de Asturias, 3-03-2012)

miércoles, 29 de febrero de 2012

Falsa primavera

 Coleccionista de materias muy frágiles


Fotografía: AGO, Bañugues, verano 2010.

Cuando llega este tiempo de falsa primavera y un petirrojo viene cada mañana a verme, cuando brotan de pronto los árboles del parque y marzo apunta ya con sus balas de savia y es invierno pero hay una brisa muy nueva y una limpia tristeza en la luz muy reciente, la vida espolvorea aromas entrañables, colores muy cercanos, instantes como sed que mana y apetece y se escuchan recreos con gritos de los niños y se llenan los bancos de amor adolescente.

Cuando rompe el calor sus urnas y se expande, recuerdo emocionantes incursiones campestres: los prados comenzaban a poblarse de mayas y de eléboros y nos gustaba mucho echarnos a rodar, por más que nos reñían por mancharnos la ropa con el jugo del verde. Nos gustaba buscar los grillos prematuros y brillantes insectos y descubrir toperas por entre el tierno césped. Y adivinar en dónde anidarían las pegas y dónde esconderían las gatas sus camadas, en qué hueco del muro o en qué sebe. Nos gustaba encontrar camisas de culebras, charcos con renacuajos nerviosos y tritones; y plantas diminutas de las fresas silvestres.

Cuando veo los narcisos en las veredas húmedas y escucho el discurrir de alguna fuente. Cuando por los caminos las prímulas motean el paisaje con su dorado joven y raudas lagartijas escapan de mis pies y el aire duele, me acerco a los lejanos dominios de mí mismo, a las surcadas rutas imposibles, a queridos espacios de espinos y bardales, higueras y laureles. Me asomo a las afueras de lo que soy ahora y corro cuesta abajo con los brazos abiertos, persigo una cometa con forma de serpiente. O bajo hasta la mar y atrapo por las pozas diminutas quisquillas, conchas muy desgastadas, esqueletos de peces.

Cuando arriba el buen tiempo y observo el cielo nítido y las tardes son lentas y radiantes y enrojece con más calma el poniente. Cuando los pueblos huelen a merienda de madre y al jabón de la ropa y padre que regresa con cansancio a la espalda y el horizonte acopia el soplo del nordeste, son más míos que nunca el canto de los gallos, las gaviotas, las olas, y el tallo del silencio y sus esquejes. Me pertenecen menos las cosas de este mundo, pero soy más un poco aquello de otras veces: soy un coleccionista de materias muy frágiles, un cazador furtivo de imágenes endebles.

(La Nueva España, 29-02-2012)

miércoles, 15 de febrero de 2012

Pertinaz pasado

Momentos en que retumba el obstinado martilleo del tiempo pretérito

Aquellos años vienen a veces en los pájaros, en los mirlos que bullen entre la sebe espesa, en la indefensa urraca que reaviva los bosques. O en estas mañanas en que amenaza nieve. O en los árboles viejos, desnudos como el mundo, o en los cables que llevan la luz a las aldeas. Llegan en el olor de alguna cuadra en pie, donde aún mugen vacas y se ordeña la leche. En el pitido huérfano de un panadero que anda de pueblo en pueblo. O sobre el limonero rodeado de plástico. Y el carretillo quiero junto a un bidón con agua o inestables estacas de rediles y establos y otros tenderetes.

O nos asaltan lánguidos desde los ventanales de una fábrica en ruinas, desde los castilletes de una mina parada o un tendal en el huerto donde baten, blanquísimos, sábanas y manteles. O surgen del aliento humilde de la sopa exquisita, de una cena que impregna las cocinas de aromas muy antiguos y sanos. Del perejil que aún no ha desparecido enraizado al muro o de lentas rodadas que recuerdan el carro tirado por los bueyes. Aparecen de pronto, al abrir los armarios, enganchados a un traje de los antepasados; en cualquier alacena o cofre insospechado; o en una bocanada del humo del carbón o sobre el fogonazo cuando quema el aceite.

Aquellos años quedan en nosotros prendidos como un sueño tenaz que trasciende la noche. Y de pronto una tarde, al cruzar un paisaje, te acomete el murmullo de una escondida fuente. Y escuchas cómo lavan las madres nuestras prendas, con ateridas manos y grasientos jabones, y restriegan y aclaran, presionan y retuercen. Al entrar en el fresco de alguna iglesia sola, la cera te aproxima a las sombras frecuentes de las noches de invierno, cuando la luz se iba y volaban las tejas y rugía la voz de la intemperie. O al pisar sobre un charco helado de febrero y sentir cómo cruje la intacta transparencia del agua detenida. Quedan cogidos a nosotros como una criatura que teme separarse y disolverse.

Y se hace imposible desasirse del todo de su rastro impreciso. Porque aún somos bastante de aquello que hemos sido. Somos lo mismo siempre, desde siempre y por siempre: algún miedo crecido, algún instinto oculto, algún trayecto a medias. Pero siempre lo mismo: pasado de pasado, pasado de futuro, prejuicio de pretérito en presente.

(La Nueva España, 15-02-2012)

Fotografía: Kerényi Zoltán

jueves, 2 de febrero de 2012

Amén

Catálogo de buenas y peregrinas razones para rezar

Había que rezar todas las noches. Rezando pasé más de media vida. Miles de «padresnuestros» a la semana, cientos de salves, credos y «avesmarías». Rezando entraba siempre en las iglesias, cuyas frías paredes me hacían cárceles y pozos, y rezando quedaba luego siempre, al salir, pecador, de cualquier confesión tras aquellas funestas celosías. Unos días por haberme explorado tanto el cuerpo y haberme tanteado, otras tardes por haber escondido el tabaco y la mecha detrás del paragüero de la sacristía. Un domingo por llegar tarde a mi deber de hacer de monaguillo o robar cuatro hostias de la bolsa que había con muchísimas. Otro lunes por no dar buenas tardes al cura ni a los guardias o por ser un mirón en la hora del recreo y espiar en el baño de las crías.

Recé noches enteras para espantar la guerra, pues los mayores estaban convencidos de que pronto vendría y arrasaría con todos y con todo y el mundo acabaría. Para que no se repitiera aquel diluvio que traía el catecismo y que salía en los cromos y en las enciclopedias y en los largos dictados de La Biblia, con una barca en medio del océano que cubría la tierra y un árbol casi hundido y rayos en el cielo y unas tristes jirafas que embarcaban y una ola gigante que rugía. Para que no parara ningún coche, en el trayecto a casa, y no me secuestraran o chuparan la sangre o me enterraran vivo en cualquier bocamina. Recé por si las moscas, por si por la mañana el maestro iba a estar de mala uva y sacarme a sumar a la pizarra o hacer una raíz o una división muy retorcida. Recé para evitarlo, para que al despertarme hubiera una nevada que impidiera salir, para que me dolieran la pierna o el estómago un poco de mentira.

Recé para que dios no llamara a los míos y me dejara huérfano como a todos los niños de todas las películas. Y para que los vándalos que empezaban entonces a explosionar los coches y matar a la gente quedaran en la cárcel, esposados y solos, comiendo pan y hormigas. Recé por el verdín en el pantalón nuevo, punteras de paraguas y botas descosidas. Y para que una vez, al menos una, me tocara algún premio en los chicles de «Koyak» o un «Tigretón» gratis o ganara jugando a las canicas. Recé, -perdón-, recé más que un coro de curas y muchas hermanitas. 

(La Nueva España, 1-02-2012)




sábado, 28 de enero de 2012

Cabu Peñes

Ye too norte. Ye'l norte en puntu. Per au albancia la claridá. Onde la tierra se desvanez y la lluz güel a ocle y sal. Ye fin, principiu. Ye'l cabu'l mundu, l'entamu l'agua. Ye superficie y profundidá. Castru y Gaviera onde les foles cueyen relevu y el nordés xunce les sos dos ales y echa a volar. Ye onde la rosa los vientos brama. Onde la nueche ta siempre encesa y la borrina suel madrugar. Per au traxinen toles vapores, ye per au borien tolos pesqueros y per au pasen dalgunos barcos que yá más nunca vuelven pasar.

Ta ente Verdicio y l'horizonte, camín de Viodo, diendo al Ferreru, cerca Coneo, xunto a Tezán. Au les gaviotes faen los ñeros, onde La Erbosa quedó a suañar. Dende au s'avista la vida entera como un abismu que da a l'océanu, una estayina que va a la mar. Ta ente'l cielu y precipicios, penriba'l Ferre, de Solarriba poco p'allá. Después de Lluanco, frente a Bañugues, per u se crucia pa nengún sitiu, per u se vira pal enxamás. Mui a la vera la llontanza, ta en dirección a la eternidá.




© Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva y brea
Voz: María García Esperón
Música: Yanni
MMXI

viernes, 13 de enero de 2012

Felicidades a Con la luz de mi cocina


Desde Todo es palabra felicitamos con mucho cariño al blog amigo Con la luz de mi cocina en su primer aniversario de vida en la red: enhorabuena por el éxito culinario y la gran humanidad y generosidad que ofreces en cada una de tus entradas. Que cumplas muchos, muchos más.


sábado, 7 de enero de 2012

Que los Reyes...



Os hayan dejado, que nos hayan concedido salud y ganas de ir adelante e ilusión por levantarnos cada día. Y gratitud y bienestar y esperanza en un futuro cercano mucho mejor que este presente tan duradero y duro. Que os hayan regalado, que nos hayan asignado fuerza y resistencia para continuar con las cargas y los pesares, cada uno con los suyos, que serán más que suficientes. Y tenacidad y deseos nuevos y alcanzables. Y algún sueño en el que refugiarse, cuando la realidad nos asfixie y nos aburran su tedio y sus empinadas laderas.

Que os hayan otorgado, que nos hayan depositado amor propio y empeño. Y leguas de entusiasmo por sentirnos nosotros, con nuestras escasas virtudes y nuestros muchos defectos. Y sinceridad para poder curar los errores y las caídas. Y algo de ternura para seguir acariciando la luz de la mañana, el perro, las caléndulas. Algo de humanidad para no dejar de apuntalar al que se derrumba ni alentar a los que se agarrotan. Un poco de sentimiento para compartir con el que aún desconoce el poder del abrazo, la métrica de la sonrisa, el tenor de la insistencia.

Que os hayan consentido y nos hayan confiado capacidad de emoción y reservas de luz para que nunca nos impidan la negrura ni el túnel dar un paso más, con firmeza y arresto y perspectiva. Que os hayan traído un espacio en la casa, en la casa que es vuestra, fruto de vuestro esfuerzo y vuestras manos hacendosas. Y voluntad y un cerco de cariño como ese de la luna que corona las noches. Y que todo os viva y permanezca.

(La Voz de Asturias, 7-01-2012)