Sonrisa y Palabra: un CD con sonrisa dentro, es una selección de 10 poemas para niños de Aurelio González Ovies recitados por María García Esperón.
Esta primera emisión está dedicada cariñosamente a los niños de 3o y 4o grados de la Escuela Josefa Vergara para niños invidentes de Querétaro, y a su extraordinaria maestra María Constantino, que saben escuchar e imaginar con fuerza los mundos mejores que la literatura nos puede ofrecer.
Sonrisa y Palabra: un cd con sonrisa dentro es un producto cultural sin fines comerciales y el objetivo es que ya sea en el aula o en la casa, los niños y maestros interesados puedan grabar su propio disco descargando los 10 archivos de audio y el cuadernillo adjunto con los textos.
Para descargar el cuadernillo es necesario darse de alta en Scribd. Para descargar los audios, dar clik en "share" y de ahí a "link mp3". O solicitar los materiales por correo electrónico a mgarciaesperon@gmail.com.
Rima siempre: un CD para rimar el mundo es un audiolibro con un poema de Aurelio González Ovies, recitado por María García Esperón sobre la música del compositor mexicano David García Hernández.
El poema fue compuesto originalmente para celebrar el día del libro 2009 -23 de abril- en el Colegio Aniceto Sela de Mieres, Asturias y fue publicado en el sitio web de la institución.
En esta ocasión el poema viaja hasta México, con una primera parada en la Escuela Josefa Vergara para niños invidentes de Querétaro donde será pasado al braille y presentado también como audiolibro en el próximo inicio de clases, en septiembre 2011.
Rima siempre: un CD para rimar el mundo es un producto cultural sin fines comerciales y el objetivo es que ya sea en el aula o en la casa, los niños y maestros interesados puedan grabar su propio disco descargando los 10 archivos de audio y el cuadernillo adjunto con los textos.
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(C) Aurelio González Ovies Música: "Carrusel de la felicidad". David García Hernández. "Canción para el corazón de un niño". Voz: María García Esperón MMXI
No se parecen nada a lo que esperas. No se parecen nada a lo que son. No poseen riqueza que envidiarles. No son felices más que a intervalos. No piensan nunca lo que sienten. No sienten nunca lo que dicen. No dicen nunca lo que piensan. No sueñan más que entre la oscuridad.
Nunca permiten que les asombres. Nunca te tienden sus manos frías. Nunca te escuchan con atención. Nunca acarician la brevedad.
No se parecen a lo que exigen. No son capaces de amar seguido. No se liberan de sus costumbres. No han aprendido a encontrarse solos. No entienden ser fieles a sí mismos. No les reviste más que el orgullo. No se conforman con la salud. No siguen leyes para matar. Nunca se miran limpio a los ojos. Nunca ejercitan el corazón. Nunca se acercan a los abismos. Nunca persiguen, nunca, el jamás.
No se parecen a lo que fueron. No se entusiasman con las estrellas. No saborean con gusto el agua. No saben cuánto seda la sed. No se detienen más que en las formas. No echan de menos más que lo muerto. No pierden tiempo, no encuentran tiempo. No viven más que para huir de sí.
No viven. Huyen, cogen y tiran. No viven. Huyen, vienen y van.
¡Ay de lo que no se ve y no se escucha en este fabuloso jardín nuestro! Aquí, donde todo es posible y evidente: origen y acabamiento. Cuánto darían por permanecer a la sombra los artífices de la luz, los obreros de los reconocimientos y las nombradías! Porque todo se olvida igual que se nombra, y ellos lo saben.
En este fabuloso jardín nuestro existe un pájaro que en-canta, pero nadie lo ha contemplado. No se plasma en los catálogos ornitológicos ni en los inventarios acostumbrados, mas entusiasma y pervive. Dicen que a ninguna otra especie imita y que, de atardecer en atardecer, surge como una partitura de silencio e inunda los valles. Y que hay quien, a pesar de ignorarlo, lo venera.
Adivinan que no frecuenta ramas altas ni árboles autóctonos. Censuran, en términos de ave, su altivez y su insolencia. Analizan su trino, presagian su amplitud, comparan su dulzura. Escriben sobre él tratados y estadísticas. Especulan su reino y su genealogía. Y hay quien si lo apresara, sin apenas tentarlo, lo envenenaría.
Comentan que es un género adventicio. Que incomoda. Que no merece un credo ni un paisaje ni una jaula. Pero en este fabuloso jardín nuestro es todo muy puntual, a su debido tiempo; y en ocasiones transcurren miles de años, cientos de paradigmas y no suceden un módulo insólito ni un siglo (Hesperya, año 2007).
Para mi tierra y mis gentes, un poema elevado sobre la salud y la longevidad, con bellas vistas a la eternidad y multitud de senderos por entre girasoles y espigas dóciles. Rodeado de mar y de escarpados litorales que impidan a las naves del infortunio y a sus contrabandistas atracar en sus límites. Un poema donde la vegetación sea tan espesa como la niebla de mis primeras mañanas en el mundo y los fértiles arbustos deshojen abundancia al borde de la necesidad, y desprendidas aguas surquen la sequía. Para mis gentes y mi tierra, un volumen inacabable de naturaleza y aire puro y talante pesquero y vigor campesino.
Para la Tecu, enunciados portentosos y fundadas verdades que soporten las monumentales curvaturas de la existencia; resonancias de la fe antigua y sílabas no desencantadas, para recomponer los nombres y los propósitos. A Beru, extensísimos versos de plantaciones al sur de la primavera, con barandales y cenadores por donde trepen los rosales y la ensoñación, con aves brillantes, esbeltos cormoranes y sabrosas connotaciones. Al Mico el interior del silencio, los arrecifes de la soledad y el fondo esmeralda de la discreción. Para el Lulillo un puente levadizo desde los sólidos paraísos perdidos a la resbaladiza superficie de la actualidad, en la que jamás ha querido instalarse con su equipaje de soñador.
Para el Cuxa, arpones de idioma que impidan a la edad, como a un pez carnívoro y letal, sumergirse en sus piernas y devorar la agilidad. A la Bis, cláusulas de fantasía con palacios humildes, fuegos encendidos y mucho viento en los balcones de su pasado continuo. Para Biusco, manuales imposibles donde una débil realidad se imponga sobre la tropelía acostumbrada en que vivimos. Para Gelinos, romances de nordeste y maizales altos alrededor de agosto, con gusto a sal marina. A la Trucha, rimas minerales en las que pueda extenderse al sol, como una lagartija, desde el verano de mil novecientos sesenta y tres, al fondo de Bañugues. Para la Gus, una ocasión de mentira, henchida de posibles verdades y de la pubertad más duradera.
A la Geisha, una estrofa apacible, al borde de un molino, con el rumor de un río, donde reflejen por siempre la claridad de mayo y los jóvenes rostros desaparecidos. Para Aurora, un manzano con sombra frondosísima de media tarde y un balancín y un libro y la edad en que aún no sabe lo que aguarda. Para Manolo, verbos espaciosos y alegorías llanas por las que pueda transitar hacia sus metas diarias. A Men, un vocablo encalado, con parra y uvas púrpura, en cualquier acantilado del mar Jónico. Para la Rapo, gramáticas ilícitas y consonantes libres, estilos apátridas, miel de genitivos y emociones calcáreas que fortalezcan sus huesos de cítara. A Eugenia, el clima de la palabra Extremadura, y todas las palomas mensajeras que anidan en los alerones de la melancolía.
A María Olga, fíbulas con salmos de oro sobre los que indagar la fonética del tiempo, las sucesivas hebillas de las concordancias y las contraindicaciones del lenguaje antiguo. A Julius, cantigas de Corias y territorios donde maduren sin prisa las pavías y los racimos de la amistad. Para Elena, abrecartas bruñidos que rasguen el quebradizo embalaje de los fósiles. Para la Piterita, agua de lluvia contenida en un adverbio inédito, muy cerca de donde no está permitido arrepentirse. Para Bichitte, caracolas con el susurro del Sena y la beatitud que trasluce en los húmedos muros de las catedrales. A Elisa, la fisonomía del humo y el cromatismo de las horas extraordinariamente hermosas. A Nori, patrones de poemas y dobladillos de voces impredecibles. Para Sibila, un tren de perezosos vagones resplandecientes que no abandone jamás los aromáticos setos de la infancia. Para María toda luz que se enciende cada vez que pronuncia una palabra. Y un abrazo trirreme desde mi norte hasta sus océanos de constancia.
Para mis muertos, mullidas letras y abecedarios de plumas en los que recuesten sus músculos mientras me esperan. A todos vosotros, los que me amáis o me mostráis indiferencia, los que me escucháis o me dais la espalda, a todos, lo más duradero de todo aquello de lo que nada es para siempre. (La Nueva España, 21 de mayo 2008)
Eres el amor en carne. El veneno más dulce.
Eres grande. Tienes caballos en el pecho. Caballos mensajeros. Yo los veo. Son caballos de vida. Caballos habitables como palabras. Eres fuerte, granate y estás en las gencianas y en los imperativos. Tú mandas. Yo obedezco. Eres grande, gobernadora y amplia, salobre, apetitiva. Y no te alcanzo.
Y hueles a salud como el amanecer de las aldeas. Tienes capacidad y tienes toros y cruces y campanas. Eres contigua y fiel y consecuente, como la voz y sus sonidos. Como el relámpago y el trueno. Rudimentaria y libre y escindida y estás junto a los novios y entre los campesinos. Alibiadora y clara y apacible.
Aliterante como las olas lentas de las calas.
Blanca como las casas blancas de la costa.