martes, 1 de noviembre de 2011

Quédate con mis libros



Quédate con mis libros
cuando yo no esté aquí.
Que en las tardes de lluvia
el griego es más hermoso todavía
y quiero que conozcas la lengua de los dioses
y el silbante dialecto del invierno.

Y al final seremos tierra


                                                 A Fonsus


Y al final seremos tierra
inútilmente tierra.
Tierra para la lluvia que nos caiga
para los pájaros que vengan,
para los niños que se escondan.
Tristemente tierra
para las hierbas que nos cubran,
para los árboles que broten
para los bueyes que nos aren.
Solamente tierra
para los hombres que construyan
para las tardes que se vayan,
para el recuerdo que nos nieve,
para la brisa que nos borre.
Tierra sobre la tierra
indiferente.

(C) Aurelio González Ovies
La hora de las gaviotas
Voz: María García Esperón
Música: Spheeris
MMXI

lunes, 31 de octubre de 2011

Una fecha sin más

Una fecha sin más,
por ejemplo esta noche,
esta noche hermosa en que sé que nunca volveremos a vernos;
pero hay luna y estrellas y la vida está quieta como un árbol.
Esa noche, totalmente entera,
y mañana todo se verá nostálgico
y el recuerdo
tendrá tus ojos desde entonces.

jueves, 27 de octubre de 2011

Tengo miedo a la muerte


Tengo miedo a la muerte y a la
vida
y a decirte así de fríamente
los adverbios con que te amo:
ahora, de repente, apenas,
enseguida,
jamás, jamás. Jamás.




(C) Aurelio González Ovies
La hora de las gaviotas
Voz: María García Esperón
Música: Yiruma
MMXI 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Y nos hemos perdido


Yo en tu lugar mentiría más dulcemente

-Antonio Gamoneda-


Y nos hemos perdido.
No sé si tú has cambiado
o te defraudé yo: pero no somos nada
después de haber crecido casi en la misma casa.
A veces creo que el tú se parte en dos personas
y entonces sigo amando el tú que he conocido;
el tú que me enseñaste hace ya muchos años,
cuando dormías conmigo en las fiestas del pueblo.
Pero más firme creo que me fuiste engañando
y has sido siempre así, mentira hasta conmigo.
Lo triste es que me dueles aunque sea en imágenes,
lo triste es que te quiero aunque sea en recuerdos.

                                                          (A Chusa)



 


(C) Aurelio González Ovies
La hora de las gaviotas
Voz: María García Esperón
Música: Yiruma
MMXI

martes, 25 de octubre de 2011

Por los siglos de los siglos

Por la serenidad y el eterno descanso de todos los que nos han dejado.

(AGO. Bañugues. 30-7-2010)

Que descanséis tanto como de aquí al cielo y en vuestra quietud de muerte aún existan campos donde siga goteando el rocío, fuentes que os provean del frescor del agua, árboles del pan, mañanas de luz y pájaros jóvenes, noches con estrellas y posibles sueños. Que escuchéis los pasos de la madrugada y los carruajes de nuestros recuerdos y la sensación de que estáis dormidos en suelo de casa. Y que aunque tengáis los ojos cerrados, para no mirar la tierra que os cubre, percibáis la bruma que, al rayar el día, esparce la paz por los cementerios. 

No quede en vosotros desde que os fuisteis un mínimo efecto de pena o fatiga, de hastío o nostalgia. Que no hayáis sufrido, igual que nosotros, el dolor del tránsito ni la infinitud de tanta distancia ni el desolador momento del fin ni este cotidiano echaros de menos. Que en la cal arcaica de las sepulturas conozcáis los muros altos de la infancia y en las flores tiernas que estas fechas traen recibáis aromas de verano y huerto. 

Que os sean leves los años cansados y las estaciones desesperanzadas y los meses húmedos y lentos de otoño y el granizo ingrato que arroja el invierno. Que no os hiera el éter que conforma el alma ni os punce el cirro en que sois inscritos ni duela el vacío como duele el cuerpo. Y que os sea lícito cambiar de postura ya sea en las urnas o, dentro, en la caja y notéis alivio sobre la ceniza o resurrección por entre los huesos. 

Y que no esperéis nada que os genere turbación o ansias allá por lo efímero o allá por lo eterno. Que bajo las cruces y en torno a las lápidas sobrevuelen siempre voces conocidas, tactos muy queridos, horas afectuosas, miradas muy cálidas, crisantemos íntimos, murmullos domésticos. Que no falten nunca fragancia a claveles, suavidad de sábanas que os aminoren el sabor a iglesia, el dulzor de cirio, el eco a difunto, el ambiente a incienso. 

Que descanséis siempre. Que nadie ni nada altere el silencio de vuestras estancias. Y que por los siglos de los siglos sea. Ya que ha sido así, que así siga siendo. Que nadie ni nada trastoque la muerte ni enturbie la calma. Que sería muy cruel ver cómo perdéis la salud de nuevo. Sería muy triste presentir que entráis otra vez en otra baldía batalla. Sería terrible ver cómo morís, cómo nos marcháis cada cierto tiempo.


(La Nueva España, 26-10-2011)

lunes, 24 de octubre de 2011

Qué triste



Qué triste,
estar toda la vida
juntos
todas las noches
juntos,
todas las horas
juntos,
tantos momentos
juntos
y dejarnos
definitivamente atrás

(C) Aurelio González Ovies
La hora de las gaviotas
Voz: María García Esperón
Música: Spheeris
MMXI

sábado, 22 de octubre de 2011

Madrugadas de octubre



Estas mañanas de otoño, de lo que permanece del otoño, en poco se parecen a las que yo he vivido. En nada, sino en la lenta luz que traspasa los setos y hace fulgir las gotas del rocío que porfía. En nada más que en esa ‘ocritud’ que invade pusilánime las copas de los álamos y los castaños. En nada a no ser en la impalpable presencia de algo muy semejante a una desbandada, a un final desiderable y tardo. A no ser en las pláticas de los ‘raitanes’ que se posan aún en los cables de octubre y escucho todavía como un a ser diminuto que avista un gran milagro. Excepto en los ovillos de niebla que destilan, a lo lejos, las aldeas que bullen y madrugan.

Estas mañanas de otoño en las que me levanto con cierta hipocondría y ya desde muy pronto me siento un ente solo en medio de la tierra, al borde de unas horas, me obligan a pensar que sólo persevera intacto y puramente lo que el hombre no toca, lo que ignora y desprecia por impotencia acaso; aquello que adivina que no alcanza y relega y olvida para siempre con desprecio de humano. No más que las exactitudes libres e incorruptibles, los incorpóreos atlas de la luz, la voluntad del sueño, las aspas del ciclón o el ímpetu del fuego.

Estas mañanas de otoño me confunden. Una acidez extraña me despierta a menudo y algo deshoja en mí, algo se hunde muy cerca de mi respiración, justo donde reciclan el corazón y el vértigo. Y, como el niño que era, vislumbro que me aplastan la oscuridad y el peso. Que me sellan los ojos con angustia a destajo, que me obstruyen la boca con un chorro de espanto. Que una fiebre exaltada me aminora, hasta el punto de ver cómo me escurro entre mis propios dedos y me escucho filtrar con la fútil finura de un hilo de ceniza.

Estas mañanas son un indicio certero: nunca descifraremos lo que dicen los pájaros cuando surcan el aire, ajenos a nosotros, tenacidad arriba, como rumbo a un destino -qué distintos al hombre que se mata y los mata- muy querido. Nunca lo que chispea altísimo, entre los astros, en estos amplios cielos de noches tan templadas. Jamás por qué siguen surgiendo los ríos y las fuentes con transparencia sólida; por qué no se han tragado tras tanta tropelía; por qué nos son tan útiles aún con su frescura. O por qué en un deshielo de coraje no bajan y revientan el mundo.

En poco se parecen a octubre estas mañanas, mas son mañanas frágiles y saben a corteza de humo campesino, a convicción rural, a incertidumbre en rama y de esta voz de liquen han caído estas hifas sin valor ni sustancia.


La Voz de Asturias
8 octubre 2011
Voz: María García Esperón
Música: Canon de Pachelbel
MMXI