domingo, 25 de julio de 2010

Dile al faro

Dile al faro
que nuestra barca ha muerto,
que ocupen nuestra roca otros dos jóvenes
y que todas las tardes
la arena tenga huellas parando las mareas.
Lo siento de veras, pero tengo que irme
hacia la tierra adentro de los míos.




Música: Negra sombra
Mar adentro B.S.O, 2004
Carlos Núñez y Luz Casal


Negra sombra
Cando penso que te fuches
negra sombra que me asombras
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa
Cando maxino que es ida
no mesmo sol te me amostras
i eres a estrela que brila
i eres o vento que zoa
Si cantan, es ti que cantas
si choran, es ti que choras
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora
En todo estás e ti es todo
pra min i en min mesma moras
nin me dexarás nunca
sombra que sempre me asombras.


Realización:

sábado, 24 de julio de 2010

Libro de los muertos




Llamo al extraño
ser que habita en mí:
Hombre, levedad, agua
de los aljibes del silencio,
bruma de la palabra
norte,
guitarra del vagabundo de la muerte,
ceniza de la forma,
yo en ascuas en tentación,
desertor incandescente
de la noche.

Fragua antigua de la vida.
Libro de los muertos.

Nadie responde.

viernes, 23 de julio de 2010

Viodo


Siempre creí que el viento nacía en Viodo. Pensé que el mundo en Viodo terminaba. Viodo era para mí el paraíso. Allí conocí el fuego y probé el agua. A Viodo yo le debo el pan caliente. En Viodo yo lo tuve todo un día. Viodo estaba tan lejos como un año. El nombre de los seres que no olvido. Los nombres que devora la distancia. Ca Telvina Carola y ca Rogelia. En Viodo apenas hoy me queda nada.

El cementerio donde mi madre duerme. La casería de los antepasados. El altavoz ronco del colchonero. Mi infancia de la mano de Remedios. La esbeltez del depósito, la escuela. El Castañeo, La Huelga y El Pozón. El llanto demencial de María Pacha. El yunque tempranero de la vida. El «Atrevido» atado bajo el hórreo. Las ristras de maíz como hambre fresca. El andaluz con aliento de vino. Las rosas de cien hojas de la huerta. El vaho protector que había en la cuadra.

La tierra que está encima de mi madre. El Estrián, agosto, tierra seca. La «gradia» y el surgir sin fin de las patatas. La claridad camino a Lavandera. El olor de la cal y los orígenes. La acritud del cucho en la antojana. Los altos eucaliptos vigilantes. El hule y la masera adormecidos. Las potas borbollando a fuego lento. El molino y la acequia en casa de África. El Humedal, la fuente, los narcisos. El sendero que sube hasta Bañugues. Atajos que bordean la mañana. La vía y los vagones de la mina. La estatura campesina del mundo. Los bálagos que visten el paisaje. El eco de la «línea» en Entrerríos. Secunda con su burro y las albardas.

El nicho en el que mi madre espera. El humo de la leche que se ha ido. Una mujer de luto con calderos. Una fuente donde lavan y cantan. La habitación cerrada por la ausencia. El rosario susurrado en penumbra. Los viveros tapados con un plástico. La chispa y la alegría de Clarina. El vaso con el perejil reciente. Los tiestos con crisantemos y dalias. El costurero, el huevo de madera. La lata de las cartas y postales. El cofre que guarda unas escrituras. El barreño de cinc, la palangana. Remedios que huele a limpio y a buena.

El eterno descanso de Luz Ovies. La higuera en el camino a casa Amparo. El campo de la iglesia, las campanas. El Bar Central, Ladino y Manolita. Aquel cuadro de «La última cena». La agilidad nerviosa de Marcela. Los estorninos y el ballico de Guerble. El día de la fiesta, las lanchitas. La procesión, la fe en «San Bartuelo». El aceite guardado por si acaso. El perfume a manzana en la panera. El musgo en las juntas de las ventanas. Los primeros tractores que llegaron. Los zapatos que Luis pone en entierros. El traje oscuro, la camisa blanca.

La lápida de Nieves y mi madre. Las vigas donde el tiempo se ahorca a diario. El «forno» donde el humo permanece. El cristal roto con la cinta aislante. La rama del laurel para el cocido. El azafrán y la canela en rama. Las golondrinas crías, su pico abierto. La cortina que había en la carbonera. El armario empotrado inalcanzable. El que cobra lo de las funerarias. El plumier de Adelina para Reyes. El reloj de la comunión. La esfera. La cinta atrapamoscas en el techo. La persona que varea la lana. El gancho con el trozo de tocino. Nori que borda para Albandi sábanas.

El cuerpo de mi madre tras el mármol. La muerte de Pacita, ¡qué lejana! El gesto y la bonanza de Zulima. María Estébana regando ropa al verde. La hoguera en la que queman trapos viejos. Unas astillas dentro de la hornilla. Los piñones que soltaban las piñas. Aquello de «Dios bendiga esta casa». La taza grande para el chocolate. La luz feliz que nunca más he visto. El «rinchar» del carro en la madrugada. La boda, el mismo día, de José y de Pilina. La luz sobre el silencio apolillada.

¡Viodo, qué cerca y qué apartado de mi vida. Cuántos sueños cruzando casa Flora. Cuántas noches bajo a los Abanales. Y cuántas Manolo me corta el pelo! Viodo. Ca Llarriba, Llabaxo y ca Santana? (La Nueva España, 5 de noviembre 2008)

miércoles, 21 de julio de 2010

Homenaxe


Nun volveré nacer. Naide
lo fizo. Pero por si los muertos
anden ente nosotros
coles señes cambiaes y unos vistíos
nuevos y el so corazón propiu,

PIDO
ser esti mesmu yo nel que viví,
con toles míos maníes,
con tolos míos defeutos.
Díxilo munches veces
y otra vez lo repito:
quiero nacer ellí, onde ronca'l Cantábricu
contra'l cuerpo oxidáu
del mio Llumeres, un puerto, mui
al norte, con galipote y mofu
y botes y lancheros.
Escuchar los glayíos
d'unes muyeres buenes llamando -dende la nueche alta-
a los sos homes,
porque ta la mar mala
y mal iviernu.

Que la mio imaxe primera seya la to caruca,
madre mía, y lo smios deos te toquen,
dende yá mui de neñu,
como'l que posa un poco de brisa
nuna flor,
como'l que tien mieu mancar la piel
d'algo tan tierno.

Ellí mesmo, nunca casina baxa con balcones
azules
a la vera'l camín ente'l
faru
y el cielu. Al norte, muncho
al norte, -casi en plenu abandonu-
onde toles mañanes sonaba la sirena
porque morría un mineru.
Que los mios hermaninos quieran
ser pa siempre los míos;
y un domingu mio pá
nos amarre un columbiu nes
cañes más gordes del peréu.

Que tean nel so sitiu les coses que me falten
y que fueron
los güeyos qu'aprendí,
qu'un día nun abrieron les sos contraventanes,
nin podaron los árboles,
nin tendieron la ropa
nin salieron xamás al panaderu.

Ellí, tien que me ser ellí, xusto
onde sentí tantu fríu per fuera, tantes
ganes de tanto,
como cariñu dientro. Al norte, muncho
al norte, entre maízos fondos
y horros altaneros, bazo los qu'entovía
dalgunos díes, mui ceo,
oigo cómo clabuña'l filu a les gadañes
el martiellu del tiempu.

Por eso, cuando me toque dir,
pa que nun se nos faiga abegosu'l realcuentru,
que me metan puñaos de salmoria na voz
y, nos remos del alma,
que m'añuden to nome, madre mía,
en llugar de cruciame les manes
sobre´l pechu.

En tus manos los pueblos se verán a lo lejos


EN tus manos los pueblos se verán a lo lejos
como un olvido entero de luciérnagas
y pasarán los trenes por los márgenes rubios
de tus ojos
y se irán los pasajeros de tus lágrimas.
Vengo del Norte,
ella es hija de un humilde sereno
que vigila las calles de la conciencia,
ella trae la sabiduría de cultivar crisálidas
sobre los multiformes pétalos del alma.

Necesitaré un río para cruzar a las comarcas
donde se compra el grito de la felicidad eterna,
necesitaré una mano que bote las voluntades
río abajo,
necesitaré una corriente favorable a los deseos
y un puñado de brisa que apriete las edades.
Ella se quedará aquí consolando a la ribera,
protegiendo el capullo de la vida,
devanando los imperceptibles hilos de la existencia diaria.

Me iré con la última luna del invierno
y volveré enseguida;
volveré con la fluorescencia del verano,
con el saúco mágico del que comen los príncipes,
con la genciana donde se tiñen los crepúsculos.
Volveré con el azahar nupcial donde la libertad es virgen
siempre.

Esperad en vuestros puestos,
detrás de este paisaje de voz medicinal
donde la muerte no tiene aniversarios todavía.
Esperad sabiendo que regresaré muy pronto
y que ella estará en medio de vosotros como un estambre fiel,
como una catarata de respeto.

Vengo del Norte,
me mandan los patrones de la melancolía,
me mandan los barqueros de lo inolvidable,
los sabios cirujanos de las desilusiones,
los curtidos carabineros del ensueño.

(Para César y Ana)

lunes, 19 de julio de 2010

Incertidumbres


¿Quién será el que, un día y otro día, maniobra los péndulos de esta realidad? ¿Quién subirá a poner el mundo en hora, mañana tras mañana, antes de que la luz oriente sus espejos hacia el Norte? ¿Quién estará detrás del clima, apuntalando sus rutas y su cansancio? ¿Quién con gigantescos arpones, a la captura de infortunios y plagas? ¿Será cierto el universo, serán verdad las fases de la naturaleza, las desdichas del hombre?

¿Alguna vez, posiblemente pronto, nos dirán que la noche no es la noche, que no habrá sol en unos lustros porque está en obras en los laboratorios; que la Luna es injertada? ¿Alguna vez, sin apenas tardar, descubriremos la sequedad del agua, el mecanismo del verano, la química de los atardeceres, el fundamento de la sangre? ¿Quién suministra el carburo a las estrellas; quién propone sus lejanos destellos; quién las pule y las apaga?

¿Cómo será el viento en su interior, de qué estará hecho el frío, de qué las circunstancias y los fracasos? ¿Cuánta pureza verterá la nieve en cada uno de sus descendimientos? ¿Cuánto sabrá la sombra de nosotros; qué sabemos nosotros de su silencio y sus frescas estancias? ¿La belleza, cuánto mide, dónde se oculta en tantas ocasiones, por qué se posa y permanece breve sobre tu cuerpo, en este instante, en estos campos y en esta rama? ¿De quién es el amor; quién nos lo arrienda eventualmente; quién lo echa a volar con anillos secretos; quién lo tiñe de púrpura y le inculca palabras?

¿Mira alguien lo que vemos; nos vemos como nos miran? ¿Si yo atisbo claridad y deseo el límite azul del horizonte, por qué tú presupones despedida y distancia? ¿Quién nos enfoca la contemplación; quién nos gradúa el alcance y las definiciones? ¿Y el pensamiento, podrá ser desahuciado en unos años; nos entrarán en él con dragas y linternas? ¿Cuántas toneladas de nombres y presencias acepta la memoria? ¿Por qué no se repiten los seres ni los árboles ni la temperatura ni las aves?

Si somos únicos, ¿por qué tan inconsistentes y tan infranqueables? ¿Por qué tan impasibles y tan brutales? ¿Quién asegura que no seamos lo mismo en otra carne, lo mismo en una sensación muy diferente? ¿Quién me corrobora que no hay regreso, que no poseo más opciones que llegar al final del camino y hundirme en lo que promulgan eterno?
(La Nueva España, 10 de febrero de 2010)

Tarde d'iviernu


Prendo'l fueu. Y párome a mirar
cómo quemen los gárabos. Y párome
a pensar cómo marchen los díes. Y párome
a contar cuánto friu pasamos. Y párome
a fíxame cómo salten les chispes.

Si pudieres venir... Toi solu. La
casa calentina. Fai munchu vientu. Truena.

El fueu ponse bravíu.

Les llamaraes pronúnciente. Esguílame
la ausencia.

Camín de la escuela


Tan trancaes les puertes y les contraventanes
d'aquelles escuelines. Nun hai más que
silenciu sentáu nes escaleres. El caminín
tapáu por artos y rosines d'un rosalín
montés. Tarán dientro los llibros
que tanto m'encantaron. Tartarín, el corazón, d'Edmundo,
y el d'aquel d'Orihuela que pastoriaba
oveyes y el d'aquel principín sobre la bola'l
mundu;
y les fueyes gastaes de les enciclopedies
colos mapes, los ríos, los nomes de los santos
les llistes de los reis.

Ta too abandonao. Cubierto de maleza.
Como munches histories. Como munchos ayeres.
Como munches families. Como munchos destinos
sobre munches caleyes. La vida, la verdá, dacuando, ye bien ciega.